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Arrancándote De Mí

Tomo con manos trémulas lustroso bisturí que me refleja en su superficie. Llorosos mis ojos empañan el horror de tu ausencia que me acosa imperturbable. Le prometí un último baile al corazón y aquí yace ante mí, exhausto, abatido por el ritmo mortal que aseguró su caída. Muerto, a mi lado como siempre, por fin puede descansar. La amarga lucha que emprendimos ha por fin finalizado y lloro más por su fallecimiento que por la meta no alcanzada.

El tormento de mi batalla aún no termina. Vuelvo la vista hacia el escalpelo y recuerdo mi deber. Cual cruel anatomista debo, realizar las incisiones que cercenen tu recuerdo, aquel que creció en mi tan trepidante. Tu que reviviste mi esperanza en la humanidad para luego asesinarla. Es por ti que no reviviré a este corazón mal querido. Que su cadáver se pudra y sirva de alimento a las larvas del infortunio.

Destruida y desollada sigo en pie, te observo. De apariencia imperturbablemente hechizante, tu candidez engañaría a cualquiera. No llego a conquistarte, ni a comprenderte y en mi pena encuentro en ti, poco más que vacío. Jugué todas mis cartas en tu nombre, apostándole al imposible de ser tuya, cegada por un corazón idiota hoy muerto y yo abandonada.

Muerdo mis labios mientras corto los restos de tu presencia de mi cuerpo. En dolorosas puñaladas me despido de un imposible que por perfecto no puede realizarse. Sin entender la razón de tus caprichos, en constante duda me ahogo. Acometida tras acometida nos mutilo en silencio. Tu deseo prístino debió soslayar tu propio caos para luego caer de nuevo en el.

No fui provista de inusitada belleza ni encanto avasallante, más creí posible la conquista con la sinceridad de mi espíritu. Pobre ilusa, pensar que alguien como tu se rindiera ante mi que tengo cariño inacabable y más nada para darte. Sin embargo mi escasez, sería tuya, y lo poco que te dé sería mi todo. Aunque si me lo pidieras yo podría darte hasta lo que no poseo, con mi intento se que conseguiría, valer aunque sea una oportunidad. No pedí nada más que eso y lo pedí en silencio. Jamás llegó a tus oídos mi ruego.

Hoy pago por el llanto mal llorado y los deseos cruelmente destruidos, por tu juego malintencionado, por los besos que quedan en el olvido. Con sangre pago las promesas que se rompen y abrazos que se caen al vacío.

Si supieras la añoranza que me habita, a cada segundo en todo momento, por aquellos primigenios momentos que ahora no son más que recuerdos. Una melancólica agonía es la que va a destruirme, la soledad que deseaba hoy en mi se regodea habiéndolo perdido todo. Nunca entenderé que ha cambiado, ni que me falta, que no te he dado, ni por qué sembraste en mí, espinosa ortiga, si no tenías intención de ver sus flores. Vulnerable y agonizante me tomaste entre tus brazos impíos y cual nívea figura me deslicé en ellos. Más no supuse que el calor que me brindaste se acabase la más gélida mañana, dejándome con las dudas, las ilusiones y los sueños, por el suelo desperdigados. Cruel escena que conformaste, silente crimen ya perpetraste.

Olvidaste la sorpresa del encuentro, el relámpago que surgió de la empatía, el desenfreno de las pasiones animales, la alegría de la calma compartida. No recuerdas la emoción de la llegada, ni el placer de la buena compañía, la emoción del principio se ha borrado, o te niegas a verla todavía. Soy aquella por la que te desbordabas, la que hizo que perdieras los estribos, la que en noches de soledad abrazabas, quien fue alguna vez tu fruto prohibido. De todo aquello no tienes memoria, del éxtasis aquel te has olvidado, hoy no soy para ti más que una sombra, que no puede contra el demonio de tu pasado.

Sea por venganza o soledad, quizás me utilizaste o tal vez aquel soñador primero haya sido el verdadero y hoy te ocultes bajo ese personaje rígido y austero. Siempre recordaré a aquel primero, melancólico pero real, presente. El que me hizo quererlo tan de pronto, con peculiar dulzura y mínimos gestos. Aquel que pensé algún día me querría aunque fuera solo un poco y dejaría en mí su macabra ternura.

Arrancándote de mí te lloro, te sangro y te dejo ir aunque nunca fuiste mío. En este remolino turbio de deseos, prometo negarme al amor, cerrar todos mis caminos y sádicamente matar a quien ahora se digne a recorrerlos. He terminado y tú te has ido, con partes de mi carne adheridas a ti, con mi sangre y mis venas en tu piel. Me dejo caer, a mi lado mi corazón ya fallecido, en mí la enorme herida de tu ausencia. Intento unos segundos detener la hemorragia, más desisto. Entierro mi corazón en mi cordura, como una vez me enseñaste y los ecos del recuerdo me persiguen. Algún día me levantaré, eso supongo y cuando lo haga seré solo una estrella, que todos admiran por su brillo en la noche más oscura, pero quema cuando quieren tocarla y es un imposible acercarse a ella.